Heráclito es el objeto de estudio de este texto. La interpretación de su pensamiento concierne a cómo visualiza el lenguaje y la verdad. Si el mundo se encuentra en un proceso inacabado de constante cambio, cómo es posible que las palabras hablen de las cosas, puesto que, al hacerlo, las detendrían, las petrificarían y las determinarían. El lenguaje cosifica y estanca el flujo de transformación de las cosas, en tanto es legítimo cuestionarse cómo las palabras no incurrirían en otorgar un sentido fijo a las cosas, de modo que la verdad no se asuma como algo temporal y relativo. La solución de Heráclito es que las cosas se encontrarían indefectiblemente en un proceso continuo por el que devendrían de una y múltiples formas, constituyendo a las palabras como los recursos que reflejan tal fluidez. El lenguaje no debe detener la realidad fluida, no debe fijar un orden establecido; de modo que las palabras se refieran a las cosas, como lo que cambia, siendo ahora, así, en ciertas condiciones, en un momento del tiempo y en determinado contexto que también cambiará. La verdad no es absoluta, sino siempre relativa y lo que las palabras cosifican es temporal.