El artículo aborda el problema del mal como un problema eminentemente teológico; en particular, cuando se presenta ante concepciones monoteístas como son las religiones del desierto (el judaísmo, el cristianismo y el islam), pero también como parte del zoroastrismo. Refiere el trilema de Epicuro, sistematizado por Lactancio que, en el siglo IV, estableció la aporía referida a que, siendo Dios todopoderoso, benevolente y omnisciente, ¿cómo cabría explicar la existencia del mal en el mundo? El cuestionamiento atañe a la presencia y determinación que Dios realizaría sobre el mundo, la historia y el hombre. Asimismo, sobre la libertad humana que permitiría la elección ente el bien o el mal; y, finalmente, las implicaciones teológicas sobre la condena o salvación de las almas, a partir de las acciones humanas en el mundo. Sirven como hilo conductor del texto, varias consideraciones sobre el zoroastrismo que constituyó una reforma clara del mazdeísmo y acerca de la necesidad de desplegar actitudes de tolerancia religiosa.