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El texto da relevancia a las actitudes de Sócrates enfrentando la injusta condena de la que fue víctima por la instrumentación de sus enemigos. Señala que la valentía del filósofo ateniense fue de todos conocida, por su desempeño como hoplita en la Guerra del Peloponeso. Remarca que la mayéutica de Sócrates le permitía dialogar con cualquier interlocutor de manera que el conocimiento naciera de la interlocución racional, analizando los argumentos. Muestra que la educación no consistía en enseñar retórica para convencer al auditorio de cualquier propósito incluso inconfesable, sino en la labor conjunta de buscar la verdad desplegando cualidades indispensables. Señala que la ironía socrática le permitió desenmascarar a los sofistas como negociantes de los discursos y como detentores de elocuencia vacía elaborada según la demanda del cliente. El texto muestra, en fin, la actitud de Sócrates que se refiere a Diótima como la experta en el amor, y cómo, su concepción permite colegir qué es la Filosofía, entendiéndola como la búsqueda de algo que el filósofo carece y quiere poseer: el conocimiento. El artículo destaca el deplorable protagonismo de Anito, Meleto y Licón, enemigos de Sócrates, que instrumentaron su condena a muerte el año 399 a. C., acusándolo de impiedad y de corromper a la juventud. Sócrates enfrentó la condena con entereza moral y la cumplió como un deber cívico.