El texto muestra cómo en la tradición judeocristiana, Eva es la representación de la culpa por excelencia, siendo causante de la caída en el pecado original y de la expulsión del Edén, acompañada de Adán. Se trata de la figura femenina indefectiblemente vinculada al deseo, a la tentación y a la transgresión, siendo la responsable de la introducción del mal en el mundo por haber desobedecido la voluntad de Dios. La serpiente, en el relato bíblico, simbolizaría al mal y a Satanás; en tanto que Lilith, tiene el rol actancial que evoca la tentación e incitación a Eva a comer del árbol prohibido del conocimiento, poniendo en marcha la condición mortal y pecaminosa, ineluctable para la humanidad. La narrativa reforzaría la imagen de Eva como la fuente de deseo y de la culpa femenina, en un esquema de subordinación y desigualdad.