El texto pone en evidencia cómo Aristóteles sentó las bases de las ciencias, especialmente de la Biología y de la Lógica. De la primera, mostró que observar con rigor las especies animales y vegetales procedentes de distintas partes del mundo, comparando su anatomía y clasificándolas, fue una labor sistemática; a pesar de los errores taxonómicos cometidos, carentes de jerarquización, y pese a las observaciones sesgadas, tanto por supuestos, como por prejuicios teleológicos. Respecto de la Lógica, su base epistemológica para construir juicios universales radica también en la inducción, es decir, la generalización a partir de observaciones particulares. Tal enfoque debía prevalecer, según el estagirita, en todas las disciplinas científicas. Por ejemplo, la recopilación de información fue imprescindible para reflexionar en torno a la política y la ética. El filósofo, con apoyo de sus discípulos del Liceo, sistematizó más de 150 constituciones y procesos políticos de las ciudades-Estado, fundamentando los contenidos teóricos de la filosofía, asentada en casos reales. Incluso, ofreció descripciones y análisis de situaciones morales sin juzgarlas, como la pederastia; aunque, cuando escribió para su hijo, Nicómaco, apareció la figura moralista del padre que condenaba la pasividad homosexual calificándola de antinatural. La ética aristotélica consideraba que el buen uso de los placeres y la autodisciplina serían fundamentales para el gobierno moral del individuo y para la estabilidad social. Así, las virtudes y control de los deseos promoverían la templanza, moderación y prudencia en la vida personal y social. Finalmente, según Aristóteles, recopilar la información sobre los comportamientos y los hechos era esencial para clasificar las almas y para entender las causas que generarían movimientos vitales.